Dos Palmaditas

Dos palmaditas

Pablo Pol Mereb

La sexualidad de los Playmovil — Textos Intrusos

Te atragantaste con una morcilla
Y yo de la risa me cagué en la silla

Las Ardilllets (Alfredo Casero, Diego Capusotto, Fabio Alberti, Daniel Marín)
en Cha cha cha, 1997
Pablo de chico
El Pablito porteño

Una vez en Buenos Aires, a la salida del zoológico, abrí los ojos sorprendido y le comenté a mi mamá: «¡Mirá, ma! ¡Qué parecido a un caballo!». Efectivamente se trataba de un ejemplar equino, de esos que solo había visto en la tele. Otra de mis salidas bien porteñas, capaz de ponerle los pelos de punta a cualquier pariente de la provincia, fue la vez que, al ver su plantación de tomates, le pregunté al nono: «¿Cómo? ¿Los tomates no se hacían con máquinas en las fábricas?». A veces pienso que si el nono no hubiera escuchado mi comentario habría tirado unos veinte, veintiún añitos más.

En esa época solíamos pasar Navidad en Tandil, con los parientes paternos, en la hermosa casa con pileta de mi prima Mercedes y los tíos Marta y Jorge. Y Año Nuevo en Punta Alta, con los maternos, en la eterna morada de los nonos.

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Punta Alta · Casa de los nonos

La casa de los nonos, Salta 60, Punta Alta
Salta 60. La casa enorme de siempre.

La casa enorme de siempre. Esa con patio largo hasta allá, el fondo, relejos. Con gallinas, muchas antes, pocas después, ninguna hoy. Con plantas de todo tipo. Con un enano guardián que vigila desde tiempos inmemoriales el jardín sin movérsele siquiera una pestaña cual granadero del palacio. Con aire demasiado puro.

El living y la mesa de los nonos
Las pastas de la nona. Eso que parece papel pero que se come.

Estábamos en el living, rodeando a esa mesa indestructible. El crucifijo extralarge ahí colgado, solitario, en la blanca pared. Los almanaques en flamante italiano. Dos largos palos acostados, colocados en paralelo, distanciados por pocos centímetros, sostenidos por el respaldo de dos sillas, una en cada punta de ambos palos. Las pastas colgando de esos palos. Pastas que en minutos se convertirán en «Las pastas de la nona», el manjar más delicioso de todos los tiempos. Lasañas insuperables. «Eso que parece papel pero que se come», diría mi prima Silvi alguna vez.

La nona Antonietta
La supernona.

Parada a un costado del nono, Dely; la segunda hija de los nonos, con su primogénita Leti, primita tres meses más grande que yo. Leti llora y llora, pero en los brazos de su madre parece por fin calmarse de a poco. Es ahí cuando la tía decide pasarle su hija a la primogénita de los nonos; mi mamá, Gianna.

La nona hace su eléctrica aparición. Corre, se frena, prepara algo, va de aquí para allá. Vuela. La supernona se la pasa haciendo cosas. Se debe cansar, pobre. Será por eso que duerme la siesta y sus ojitos se cierran en forma automática a las diez de la noche. Hasta yo te duro despierto media o una horita más. Claro, yo no hago tantas cosas durante el día.

El nono Paolo, en la mesa
El Nono, Jose, Pablito, la mesa del living.

Yo estoy sentado en una punta de la mesa rectangular. En la otra punta, el centro de atención: el nono. Cuenta que te cuenta vaya a saber qué anécdota. Tal vez sobre la guerra, tal vez sobre sus comienzos en Argentina, tal vez sobre algo que le pasó el día anterior. Quién sabe. Soy muy chiquito para entender.

A Leti se le caen las últimas lagrimitas. Yo la miro con cara de «no llores, Leti, no llores», pero no me animo a decírselo por miedo a que me carguen los mayores.

Al otro costado del nono, José, el tercero de los hijos de los nonos, escucha muy serio a su papá. José es mi padrino y por lo tanto mi preferido. A José lo respeto mucho y cada vez que abre la boca tomo nota. José es grandote y cabezón. Yo soy solo cabezón. Quizá de grande logre ser grandote. Ojalá.

El tío Jose
El tío José.

El tío Dany escucha atento al nono en un rincón cerca de la puerta que da al patio. En sus manos tiene una revista con muchas letras, que ni idea de qué tratará. El tío Dany es el menor de los hijos de los nonos. Mi mamá le lleva diecisiete añitos. El tío Dany nos lleva ocho añitos a Leti y a mi. Con el tío Dany es con quien más jugamos Leti y yo. Es el que más nos entiende.

De pronto, Juan irrumpe en la escena. El tío Juan, el cuarto hijo de los nonos, abre la puerta que da al patio y hace como que asusta al tío Dany. Al toque tira un chiste que no logro entender y los grandes se mueren de la risa. Juan siempre hace reír a todos con chistes que a veces entiendo y otras veces no. Cuando sea grande quiero hacer reír a todos como lo hace el tío Juan. Y también quiero entender todos sus chistes.

Mi hermanito menor Martín y mi primita Silvi, hermanita menor de Leti, duermen en una de las piezas. Mi tío Miguel, esposo de Dely, le comenta algo a mi papá Alfonso, que se encuentra cerca de José.

El tío Juan.

La nona le pone los puntos a Juan, que al parecer ya se pasó de rosca. Le pide que pare un poquito y haga unas compras. Juan le advierte que no queda tanto papel como para anotar tantas compras que hay que hacer. José sale disparado del living y enseguida vuelve con el papel higiénico en la mano. Se lo da a Juan y creo que le dice algo así como «escribí acá, andá a hacer las compras y dejate de joder». Yo me cago de risa por la ocurrencia de mi padrino y la miro a Leti, que continúa en brazos de mi mamá. Leti sonríe por primera vez en el día.

La nona se agarra la cabeza, le da a Juan una birome y un papel blanco gigante, y le dicta todo lo que se necesita para que vaya y lo compre. Yo todavía me río. El nono hace un comentario sobre mi risa y todos estallan en carcajadas. Juan se va a hacer las compras cantando en algo que parece italiano y eso provoca que me ría cada vez más. No, no puedo parar de reír. ¡No puedo! ¡Hasta empecé a toser! Mi mamá me pide que pare un poquito, que ya está. Obedezco como puede. El nono, retomando la anécdota que venía contando, vuelve a ser el centro de atención. Algún día alguien me relatará todas estas historias que el nono siempre cuenta, ¡deben estar buenísimas!

Pablito con la nona
«Ay, Pablito, Pablito.»

La nona pasa cerca de mí, me da dos suaves palmaditas en la cabeza y, en simultáneo, me regala una sonrisa pequeña, sutil, como sabia.

«Ay, Pablito, Pablito», me dice, y yo sonrío al recibir su mimo. A continuación, disparada cual supernona, se desplaza en forma veloz hacia otra parte de la casa, en busca de vaya uno a saber qué.

La casa de Salta 60 — Archivo

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